Aprovechando la cercanía de Madrid, he visitado la exposición que desde el pasado 26 de mayo y hasta el 9 de septiembre se expone en el Museo del Prado dedicada al genial pintor Joaquín Sorolla (1863-1923). Me animó a ello sobre todo la noticia de que entre las obras de la exposición se encontraban los murales que el hispanista A.M.Huntington encargó personalmente al pintor valenciano sobre los diferentes pueblos de España, y que hasta la actualidad han decorado la Hispanic Society de Nueva York de la cual Huntington fue fundador.
Del resto de cuadros comentar alguna reflexión. Sorolla cultivó el realismo para plasmar la realidad del tiempo que le tocó vivir. Mientras que algunos pretenden ver en el valenciano al pintor de la clase alta por excelencia, que lo fue, no es menos cierto el interés de Sorolla por el realismo social de la época que tan brillantemente transmite, con toda la crudeza de la situación en obras como ¡Otra Margarita!, en el cual aparece una mujer que tras haber matado a su hijo recién nacido es conducida en un vagón de tren por dos guardias civiles de similar rictus (ver fotografía); o Trata de blancas, en el que en un vagón de tren similar aparece una vieja mujer que hace las veces de meretriz, junto a varias niñas de rostro pálido que se encaminan a su mismo destino (fotografía). Así pues, Sorolla supo llevar a gala su prestigio por el cual era solicitado para la realización de determinadas obras que le llevaron a codearse con la alta sociedad burguesa, mientras al tiempo mantenía intacto su interés por la dramática situación social en que se hallaba inmersa España.

También es verdad que con Sorolla emerge el contrapunto dialéctico al noventayochismo español, caracterizado por el pesimismo y la oscuridad, del arte y de las ideas, que no por ello menos lúcidas y dignas de atención. Sorolla se convierte en el genio de la luz, y transmiste a través de sus obras la felicidad de su situación profesional y familiar. A ello notablemente ayudó el ser del paisaje valenciano que lo vio vivir.

De los murales de la Hispanic Society sólo queda comentar lo valioso de semejante documento etnográfico. A través de ellos, Sorolla muestra al mundo la variedad de los pueblos de España trasmitiendo con ello la idea de que el ciudadano español constituye una entelequia de difícil solución. La imagen de Sorolla expone una España plural, hecha de muchos pueblos diferentes, con culturas diferentes e historias sin origen común. No hace política, sino que con el pincel realiza una simple y concluyente lección de antropología. España no es una, al menos en lo que a culturas se refiere.


